Comunidad Surala

De la teoría a la práctica

Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa

En mi niñez escuché una y otra vez la frase “cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa”. Papá era supremamente estricto con lo que él denominaba “orden”, así que nosotros, sus hijos, aprendimos desde muy pequeños a que cada cosa debía ser usada y luego dejada en su correspondiente lugar. Y era que era algo que necesitábamos aprender por las buenas o por las malas, como decía mamá, porque si fallábamos en ello la reprimenda por parte de papá era severa.

Recuerdo que papá tenía un buen número de discos de larga duración LP y los solía dejar encima de un tocadiscos de aquella época, de cuando en cuando gustaba de colocar música y nos deleitaba con ella, en su juventud fue un poco bohemio, tocaba el tiple y componía buena poesía, así que una de sus pasiones era oír música y contarnos de los compositores de la vieja data. El cuento va a que una vez que terminaba la sesión de música, volvía a dejar todo tal como estaba y nosotros sus hijos teníamos prohibido usar el tocadiscos. Yo era la menor de un trio de hermanas muy unido y que de vez en cuando hacía ciertas “pilatunas” sin que papá se enterara, mamá podía enterarse y quizá nos llamase la atención diciéndonos: “si su papá llega a saber, las va a castigar”. Así que era de papá de quien nos cuidábamos que no se enterara.

Cuando él se iba a trabajar, en algunas ocasiones nos atrevíamos a usar su tocadiscos, escuchábamos música, cantábamos y nos movíamos a su ritmo, una de nosotras vigilaba en la puerta muy atenta mirando a la calle por si él aparecía, pero un día no montamos guardia sino que nos quedamos adentro cantando y disfrutando, de pronto yo sentí que venía papá, corrí a la puerta a verificarlo mientras mis hermanas guardaban los discos a la velocidad del rayo percatándose de dejar todo igual a como él lo tenía.

Efectivamente a los 5 minutos papá entra a casa. Para entonces, nosotras hacíamos el oficio del día como si nada, cuando de pronto se da media vuelta y dice: “¿quién estuvo usando los LP?, alguien movió esto de su sitio”. No lo entendíamos, ¿cómo se dio cuenta si antes de usarlo mis hermanas observaron todo y lo volvieron a dejar tal como estaba?. Obviamente el regaño no se hizo esperar, pero como éramos un trio unido ninguna dijo nada, simplemente “yo no sé”.

Yo siempre pensé que nosotros fuimos hijos que respetábamos mucho a los padres, y cuando les decía esto a las hijas me contestaban: “ustedes lo que tenían era mucho miedo”, y efectivamente así era, le teníamos miedo a papá, esa sensación fue algo que nunca me agradó, cuando entré a la edad de la adolescencia un día le contesté algo a papá haciéndole ver que no era como él lo decía, pasó por mi lado y me dijo: “cuidadito no sea que le salga caro, a su papá lo respeta”.

Y ¿qué creen que pasó?... pasó que a mí, que no me gustaba que papá fuera tan estricto con el orden, que nos exigiera tanto al respecto, que nos castigara por nimiedades, pues lo aprendí y muy bien aprendido, para completar estudié interna casi todo el bachillerato y las monjas nos enseñaban con el mismo lema “cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa”, la cama debía tenderse evitando dejarle arrugas, yo nunca tuve problemas porque como era “tan ordenada”, todo lo dejaba en su lugar y además muy limpio.

Cuando conviví con personas de 33 países en Italia, también estuve interna y en algunas ocasiones nos reuníamos las mujeres laicas latinas a conversar en alguna de las habitaciones de una de nosotras, yo solía ofrecer mi habitación y usualmente elegían otra, un día les pregunté, “¿por qué no aceptan mi habitación?, hemos ido a las otras y llevamos mucho tiempo sin que vayan a la mía”. La respuesta fue: “no te vayas a molestar Nubiecita, lo que sucede es que en tu habitación no podemos hacer desorden, tú tienes todo en su puesto, no te gusta que hagamos desorden y tampoco te gusta que fumemos dentro”. No dije nada pero esa respuesta quedó en mi mente.

Cuando fui mamá, sin ser consciente, actuaba como lo hizo papá, les enseñé a las chicas desde muy niñas que había que cuidar todo, usarlo y dejarlo justo en el lugar asignado, usé con ellas el mismo lema “cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa”, si no lo hacían las regañaba y les daba cantaleta por todo aquello que a mí me parecía que hacían erradamente, pues debía ser como yo decía.

Las dos hijas estaban aún pequeñas cuando tuvimos de visita a una mexicana quien era la mamá de una amiga, compartió con nosotros en familia un mes, por supuesto no estaba todo el día en casa porque venía a conocer nuestro país, pero sí estuvo los suficientes momentos para darse cuenta de mi rigidez en el orden con las niñas, así que el día anterior antes de partir me dijo: “Nubia te voy a dar un consejo si me lo aceptas”, yo asentí, ella continuó: “deja a tus hijas usar y disfrutar sus juguetes ahora que están en la edad de hacerlo porque luego crecen y ya no los van a querer usar, deja que vivan su niñez desbaratando si es necesario, es normal que los niños dejen algunas cosas fuera de lugar”.

Le agradecí el consejo y medité sobre ello, recordé entonces la respuesta de las compañeras años atrás en el internado en Italia y supe que debía hacer un cambio. Bajé la guardia en la exigencia, fui más permisiva con las niñas y comprendí que ellas necesitan su espacio para jugar, compartir con otros niños y disfrutar lo que era propio de su edad. Traje a mi mente las exigencias que papá tuvo con nosotros, mentalmente le di las gracias por todas sus enseñanzas, me dispuse a ser flexible con el orden sin dejar de orientar a las niñas en la crianza, ya que también era consciente que ellas necesitaban ser orientadas y que lo podía hacer sin irme a los extremos, eso fue algo que tuve que trabajarme por mucho tiempo, aún no lo logro al cien por ciento.

Un año más tarde nos mudamos del apartamento que ocupábamos a una casa mucho más grande, al llegar a la nueva vivienda acordamos con Miguel hacer un altillo para que fuera el lugar donde las niñas tuviesen sus juguetes y los pudieran disfrutar sin tener limitación de espacio y sin tener que estar recogiendo todo para llevarlo a otro lugar.

Una vez realizada la remodelación, subimos al altillo y se los entregamos a las niñas diciéndoles: “este lugar es para ustedes, pueden subir todos sus juguetes, disfraces, todo lo que quieran, pueden organizarlo como ustedes deseen y pueden invitar amigos, ustedes deciden si lo limpian y si lo organizan, es un lugar que ustedes administrarán”.

Esa fue una sabia decisión, las niñas disfrutaron este sitio de una manera desbordante, cada vez que una visita llegaba con niños, estos de pronto desaparecían de la sala, cuando los padres extrañaban su presencia les indicábamos donde encontrarlos. Niño que llegara a casa bajaba disfrazado y maquillado.

Ese fue un primer gran paso que di, poco a poco fui relajándome con relación al orden y a la exagerada limpieza, comprendí que no era necesario mantenerme en esa rigidez, que la vida se disfruta más cuando somos flexibles. Comprendí que lo que para algunos es orden para otros es desorden, cada persona organiza sus cosas según su criterio y entonces he entendido que la palabra orden no sería la más adecuada, que en vez de ello podemos usar la palabra organización, entendiendo que cada persona tiene una organización diferente y que si lo hace como ella lo tiene establecido, para ella es su orden, al comprender esto me di cuenta que necesitamos respetar la organización de cada persona.

Recuerdo un día que fui a una consulta y al llegar no podía dejar de mirar todo alrededor: había montones de libros, no solo en la biblioteca sino sobrepuestos encima de lo que fuera, baúles viejos, una tabla, un canasto, un armazón, habían objetos traídos de diferentes partes decorando el sitio, solo que para mi gusto era demasiado en un solo lugar y no lucían adecuadamente porque no había ya espacio para acomodarlos armónicamente, de pronto el terapeuta entró y se dio cuenta que yo estaba observando, así que me dijo: “de seguro puedes pensar que no encuentro lo que busco en el momento que lo necesito porque esta todo en desorden, pero no es así, yo sé donde está cada cosa y la encuentro cuando la requiero, si la cambian de lugar entro en caos porque dejo de saber en dónde está”, sonreí y me dispuse a mi consulta y entendí que él tenía toda la razón: él y solo él sabía en donde dejaba sus documentos, el libro que estaba leyendo, las historias de sus consultantes, sus boletos, los recuerdos traídos de sus viajes, en fin, si alguien le cambiaba de sitio ya no encontraba nada, él simplemente tenía una organización diferente a la habitual pero al fin y al cabo “organización personal” y en esa organización para él todo estaba ordenado.

El respeto por la organización personal es algo que todos necesitamos integrar en nuestra vida, si el hijo prefiere una organización diferente a la de los padres entonces necesitamos respetarlo en ello, si la pareja tiene una organización diferente a la tuya necesitas respetarlo. A nivel de familia es eficiente acordar la organización de las zonas comunes y respetar la organización de las zonas privadas.

A Emily, la nieta, a partir de los 3 años le estamos enseñando el mismo lema “cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa” pero lo hacemos sin rigidez, sin regaño, sin grito, sin cantaleta, sin castigo, le explicamos la razón por la cual es necesario dejar las cosas en el lugar que se ha elegido, le cantamos: “a guardar, a guardar, cada cosa en su lugar” y gana una estrella por recoger los juguetes y llevarlos al respectivo sitio, un determinado número de estrellas le da un premio y a ella le encanta ganarse los premios.

El lema que tanto usó papá es sabio, solo que necesitamos usarlo con sabiduría, y para ello se requiere usar el respeto con todas sus características: sin agredir, sin prohibir, sin invalidar, sin interferir y sin imponer. Porque tu felicidad no depende de que las cosas se ubiquen como tú consideras, cada forma de organización es válida para quien la practica.

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